
Muchos eran los pretendientes turolenses que tenía, atraídos no sólo por su belleza sino también por su riqueza, pero ella, desde niña siempre estuvo enamorada de un apuesto joven turolense a quien concedió su mano y con quien se casó.
Entre los muchos pretendientes que tuvo existió uno que, al ser rechazado por la guapa joven, quedó resentido y le juró venganza.
Casada ya Doña Elvira, vivía feliz con su esposo, sin acordarse para nada de aquel pretendiente despechado.
En uno de los muchos viajes que su marido hacía a la ciudad de Teruel para solucionar asuntos o visitar a sus familiares ocurrió que una noche, al regresar a su morada, fue asesinado traicioneramente por el tal pretendiente.

Por tal motivo, al igual que su marido, debía frecuentar mucho la ciudad de Teruel y siempre lo tenía que hacer por aquel maldito puente en que asesinaron a su marido y que tan ingratos recuerdos le traía.
Así es que se le ocurrió una idea: mandó construir otro puente de madera que además de acortarle el camino, le permitió en lo sucesivo olvidar aquellos malos recuerdos cada vez que iba a Teruel. Desde entonces se le conoció a este puente como el Puente de Doña Elvira.